
Somos Sortilegio, Laura Trinidad y Diego Salas. Nuestro camino en la música, como ocurre en las grandes cosas de la vida, es un cúmulo de casualidades mezcladas con algo de alevosía, premeditación y, si me apuráis, casi predestinación.
Desde muy pequeñita me sentía atraída por el mundo de la farándula, así que cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, -¡qué pregunta para una niña de cuatro años!-, yo pensaba “me gustaría ser actriz y cantante” -¡la emoción me recorría las venas de sólo pensarlo!-, pero entonces me acordaba de que mis padres querían que estudiara una o dos carreras y yo, que no sabía lo que era aquello entonces, pensaba que sería muy cansado -nunca me gustó el deporte-.
Mis recuerdos musicales me llevan a cuando tenía cinco, seis o siete años, me divertía inventándome cancioncillas y haciendo concursos de canto entre mis muñecas. Recuerdo que mi primera canción hablaba de un barquito. (¡No pidáis más!).
Siempre tuve fascinación por la escritura. Mi primer poema lo escribí a los ocho años, por aquel entonces los ilustraba. Estaba dedicado al amanecer.
Nací en Almería, pero a los ocho años a mi padre lo trasladaron a Lérida. Allí formé parte de la coral L’estel y hacíamos giras por iglesias y ayuntamientos en Cataluña. Además, grabamos un disco con otras corales. El día más emocionante fue cuando cantamos en la Seu Vella y soltaron palomas después de la actuación. Vinieron mis abuelos desde Almería a escucharme. Ésta sería la despedida de aquella época porque a mi padre lo trasladaron a Málaga. Yo tenía doce años y ya desde los diez lloraba mi infancia perdida junto a Machado, así que me invadió una nostalgia infinita, que paliaba escribiendo versos en el balcón de nuestra nueva casa, mientras observaba el mar en el horizonte.
Pese a la nostalgia inicial, pronto pasé a formar parte activa de la ciudad que Aleixandre denominara del paraíso y me fui haciendo malagueña. Mis años de instituto, años clave; de ellos tengo vivencias imborrables. Además, dicen que uno es de la ciudad en la que se enamora y en mi caso fue así…
Como decía más arriba, nos llamamos Sortilegio. Extrañamente el nombre vino antes de que ni siquiera soñáramos con dar algún concierto. “¿Quién fuera un poderoso sortilegio?”, nos cantaría Silvio y nosotros nos asombrábamos de cómo la magia de la música y de la vida nos unía.
Fue precisamente Silvio quien nos enseñó que había un universo musical distinto, un universo cuyo centro y punto de partida era la letra, en torno a la que giraba el resto de la canción. Esto nos lo corroboraría años más tarde el maestro Amancio Prada.
En este camino de casualidades, hubo una noche clave. Vimos un cartel de un concierto en una pequeña tetería de nuestro barrio llamada “Trotamundos”. Diego y yo nos conocíamos desde hacía poco, pero decidimos ir juntos, porque a mí me gustaba cantar y él estaba aprendiendo a tocar la guitarra. El grupo se llamaba “Incas”, -música peruana, pensamos-. Cuando llegamos allí, el local estaba llenísimo, la gente estaba repartida por el suelo, a la entrada… Y nos encontramos con cuatro chicos de nuestra edad -rondábamos los 18 años-, que hacían música con el alma, dejando desnudas sus inquietudes, sus temores, con lo que nos sentíamos totalmente identificados. Eran Kris y Nacho Artacho, Carlos Santaella y Rafa Pozo.
Aquella noche no pude dormir. Tan fuerte fue la impresión que me causó este descubrimiento; una nueva forma de des-codificar el mundo, a través de la música, se abría ante nosotros.
Aquello nos marcó una referencia. Esa misma noche decidimos encontrarnos a partir de entonces con las guitarras y nos dedicamos a destrozar canciones en los bancos del Centro Cívico -no importaba si hacía frío o calor-. Sonaban temas de Sabina, de Pedro Guerra, de Aute…
En aquel entonces yo esperaba a Diego leyendo a Cortázar, descubriendo sus re-creaciones del mundo. “Andaban sin buscarse, pero andaban para encontrarse”, decía el narrador de Rayuela sobre La Maga y Horacio, y yo sentía que a Diego y a mí nos estaba ocurriendo lo mismo.
Y llegaron los encuentros en la emblemática calle san Agustín -sede actual del museo Picasso- con Incas y más amigos que se fueron uniendo para hacer música y darle una nota de color al centro de la ciudad.
Un día Incas nos invitaron a cantar una canción en un concierto suyo y la elegida fue “Auxi va” de Antonio de Pinto. “Auxi va recogiendo lluvia en caracolas, va a plantar mil esencias sobre su persona…”.
Fue emocionante y decidimos hacer juntos un concierto de versiones. Sería en la Semana Cultural de la Facultad de Filosofía y Letras, que frecuentábamos Nacho Artacho y yo. Lo pasamos en grande.
Por aquel tiempo Diego y yo nos propusimos componer cada uno una canción. Nos dimos el plazo de un mes, pasado el cual nos las mostraríamos y aportaríamos ideas al otro. Así comenzó un trabajo en equipo, fruto de una profunda afinidad personal e infinita química personal, que dura hasta hoy.
El siguiente paso fue que un amigo nos llamó para participar en un concierto en beneficio de Manos Unidas en el auditorio Eduardo Ocón. Era la primera vez que interpretábamos nuestras canciones en público. ¿Estaríamos preparados?
La prueba fue superada y poquito a poco, fuimos haciendo más conciertos por diferentes lugares y dedicando más tiempo a estos menesteres. Así, hemos tenido la suerte de llevar nuestras canciones a Barcelona, a Madrid, a Cádiz, a Jaén, a Elche, etc.
Incluso hemos hecho a Sortilegio un poquito internacional. Hemos participado en el famoso festival de las artes “Fringe”, que se desarrolla en Edimburgo en agosto; hemos tenido la suerte de hacer resonar nuestra música en las paredes de “The Cavern”, en Liverpool, -local hecho mítico por The Beatles- y hemos tocado en numerosas ocasiones en Italia, país con el que nos sentimos muy identificados.
En este viaje iniciático-musical hemos encontrado a muchas personas, compañeros y público, que han hecho grande este recorrido.
Hemos ido creciendo musicalmente y ampliando nuestros intereses e influencias. Ahora nos deleitamos escuchando músicas de diversas tendencias: jazz, copla, flamenco, bossa nova, música africana, etc.
Diego se licenció en Física en la Universidad de Granada y actualmente realiza una labor de investigación en el departamento de Física Aplicada. Estamos afincados en Granada y actuamos con frecuencia en esta ciudad mágica donde dicen que todo es posible. Entre otras, destacamos las actuaciones realizadas en el teatro Isabel la Católica, con ocasión del homenaje a la Tertulia en su 25 aniversario; en la Casa de los Tiros, en el ciclo de música, poesía y danza “Imaginar los sentidos”; las incursiones en el programa “La ventana” de Cadena Ser, con Juanjo Ibáñez; las participaciones en el “Encuentro intergeneracional de cantautores Abril para Vivir”.
Recientemente, hemos hecho realidad nuestro sueño de reflejar nuestra música en un disco, llamado Universos de papel, que contiene todo nuestro empeño, esfuerzo y amor.